martes, 19 de septiembre de 2017

Que no nos falten las banderas


Ahí tienen todas las banderas de España, algunas incluso de cuándo ni imaginaban que después vendría la roja, amarilla y roja. Que cada uno elija la que prefiera, pero por favor, una vez hecha la elección, no me expliquen el por qué, porque igual ahí dejo de entender sus motivos
(Fuente: ABC, Historia Militar)

¡Ay Señor! Si usted alguna vez se ve falto de recursos o sin demasiada maña para hacer algo y no quiere que se le note, ponga una bandera por delante, que lo mismo favorables que desfavorables se quedarán enganchados a ella. Lo mismo que parece que no hay mejor cosa para ofender, que tirarle a la cara a alguien esa bandera que supuestamente muchos dicen querer tanto. Que la quieren, pero que la usan como arma arrojadiza y elemento de discordia contra los demás ¡Qué cosas! Y yo que me pensaba que lo que se quiere se protege y no se usa para embadurnar de lodo al contrario, que igual era mejor intentar convencer que ofender. Pero, bueno, esto también son cosas mías, igual a otros les motiva eso de poner su bandera, la que sea, expuesta a que se la hagan jirones, aunque sea en sentido figurado. Todos tenemos nuestras banderas, rojas y amarillas; rojas, lilas y amarillas; tricolores, esteladas, con la cruz de San Andrés, con barras y estrellas; rojiblancas, será por banderas. Pero a veces hay que saber cuándo y cómo sacarla, porque aunque sea un trozo de tela de colores, si la imagináramos como una persona, quizá al exhibirla en ciertos lugares, hasta ella misma podría sentirse incómoda; entonces, mejor protegerla.

Yo soy partidario de que cada uno, en su casa, viva la bandera que quiera, incluso en público, de eso no hay que avergonzarse, pero ya digo, no la pongamos dónde ella pudiera sentirse incómoda. El señor Padilla, con una larga trayectoria de provocación, con todos mis respetos, y si no que se lo pregunten a los viejos aficionados de la plaza de Madrid, puede tener las ideas que mejor considere, ni tan siquiera voy a entrar en si enarbolo una bandera pre/ anti/ pro o paraconstitucional, pero si tanto ama, como afirma la fiesta de los toros, quizá no sea esta la mejor manera de defenderla y darle herramientas a tantos que se han construido un cliché absolutamente erróneo de lo que son los protagonistas del mundo de los toros. Y en lo de protagonistas incluyo a los aficionados, por supuesto. Evitemos alimentar la idea de que en esto solo nos encontramos gente de un determinado espectro político, entre otras cosas porque nos va a resultar muy complicado encontrar a políticos de la izquierda que pierdan ese estúpido complejo de progresismo equivocado que salgan a dar la cara y se declaren rotundamente aficionados a los toros. Yo conozco a alguno, que se parten la cara por el toro, que declaran sin dudarlo su progresismo ideológico, incluso con cargos importantes, pero a los que su mismo partido tampoco parece que les dé suficiente apoyo en cuanto a esto, o al menos esa es la idea que parece percibirse desde fuera. 

Habrá toreros de ultra derecha, de dere cha, de centro, de izquierda o ultraizquierda, como también los habrá a los que la política creen que no les afecta, pero, ¿y qué nos importa a nosotros?  Que habrá quién me diga que no hay que mezclar toros con política, que quizá también diga que no hay que hablar de política y hasta puede que diga que no le interesa la política y que lo único que consiguen es que lo que uno escuche sea que no quiere escuchar tus opiniones, pero que tú tendrás que tragar con las suyas. Y entonces es cuándo yo me pregunto, ¿realmente no quieren mezclar toros y política? ¿No será que sus pretensiones sean el que yo me amolde a sus ideas? Vamos, que de aquí a lo de la unidad de todos los taurinos y aficionados al ritmo que marcan unos pocos taurinos, hay un paso. Que pasamos del gesto de un torero de decidir no poner banderillas al oír cómo pitaban los colores de su bandera, a otro que da la sensación de pretender imponer esos colores a todo el orbe, ante el grito de “os jod…”. Y ahora esto del señor Padilla, que ha pedido disculpas, que a algunos les pueden parecer más que para pedir perdón, que tampoco entiendo por qué, para que le dejen en paz y quede zanjado el tema. Pero a veces las excusas y las explicaciones no hacen sino emborronar aún más. Porque vale, no se dio cuenta, pero, ¿no tenían ojos en la cara los miembros de su cuadrilla para avisarle? ¿O quizá es que no les parecía nada anormal la bandera? Mejor no pensarlo, porque por muchas cábalas que se hagan, solo ellos saben la verdad, que por otro lado es cosa suya y a los demás no nos debe importar, faltaría más. Y juro que nunca pensé en escribir sobre el tema. Eso sí, si tanto aman a su bandera, a esta fiesta y a la cohesión nacional, quizá pueda haber otros caminos menos pedregosos, pero eso sí, por favor, y a pesar de los pesares, para los que necesiten reafirmar sus convicciones o identidades, que no nos falten las banderas.


Enlace programa Tendido de Sol de 17 de septiembre de 2017:

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El cliente era él


Se pasó de ese vagar por los pueblos tragando con toros pasadísimos de edad, a este cuidado excesivo, que además quita la posibilidad de aprender realmente lo que es el toreo, a unos chavales que no saben de otra cosa que de la comodidad que puedan pagarse

Si nos ponemos a buscar a alguien que no haya oído nunca eso de que el cliente siempre tiene razón, igual encontramos a un indonesio que no ha experimentado tal experiencia, aunque también puede ser que porque no sea capaz de distinguir entre tal frasecita y la de “marchando una de boquerones”. Y siempre el cliente es el que paga, ¿no? Las dudas vienen cuándo no caemos en la cuenta de quién es el que paga; ahí vienen los conflictos. En este mundo de los toros, la tauromaquia como dicen los modernos y decían los antiguos romanos, el cliente se supone que es el que pasa por taquilla, abona su entrada y se sienta en la piedra de las plazas o en esos asientos de colores que el progreso ha plantado en los tendidos. Hasta aquí parece que todo está claro, unos cobran y se exponen al público a desarrollar lo que llevan dentro y otros juzgan y exigen. Que no son demasiados los que exigen, pero bueno, aunque solo sea para que se sepa lo buen afisionao que es, pueden hasta aparentar exigir y quejarse, que si el yintonis está caliente, que si el pan del bocata está correoso, que si las pipas rancias o que las orejas no se le van cayendo al señor presidente por el caminito que lleva al palco.

Luego hay otros que exigen otras cosas, que se desesperan al ver cómo los aspirantes a ser toreros, a ser en esto del toro, ya sean matadores de alternativa o novilleros, deambulan por las plazas como si ya estuvieran hastiados de fincas, dineros, mercedes, deportivos, fiestas flamencas y ya dominaran el “moonwalker” como el mismísimo maestro Ponce, crisol de artes, crisol de culturas, de razas y de más cosas, que me enseñaron de chico que no se dicen. Y no les digas nada, que en un pispás te saltan por las redes sociales y te ponen de hoja perejil. ¿Y por qué esta soberbia tan fuera de lugar? Que parece que los que pueden exigir son ellos, exigen entrega, triunfos prefabricados, la sumisión de los presidentes lo mismo para que les regalen trofeos que para que les indulten el animal ante el que se niegan a montar la espada y si hace falta te sueltan el baja tú. ¿Se imaginan, como me contaba el otro día un joven y buen aficionado, que de repente bajara un caballero del tendido, le dieran tres tandas al burel y dejara en ridículo al de las medias rosas? Que no digo yo que no pudiera eso pasar ahora aunque, pensándolo bien, no creo que el mismo que desafía al tendido lo permitiera. El que quiera torear, que se lo pague, como lo hace mi papá. ¿Quéee? A ver si va a ser eso. ¿Que para torear hay que aflojar la mosca? Primera noticia. Entonces, si el cliente es el paga y el cliente siempre tiene razón, igual resulta que el cliente es el que se viste de luces o mejor dicho, el papá o ponedor del chaval y entonces, claro, se ven con todo el derecho del mundo a exigir. 

Señores aficionados, que va a ser verdad que no se puede protestar en una plaza de toros. Que si les protestamos a esos chavales, a los novilleros que creemos que quieren abrirse camino, es como si en un restaurante nos pusiéramos a abroncar al señor que está comiendo el pollo con los dedos. Paga el menú y encima se lleva el chaparrón de los demás parroquianos. Y claro, el menú que pagan los novilleros no es de once euros el cubierto, es un pico y medio más. Que lo mismo pueden ser unos miles de euros a tocateja, que vender una montonera de entradas, que vaya usted a saber y a la hora de hacer cuentas, el papá aún tiene que aflojar el valor del coche, de medio negocio o la casa que le dejaron los abuelos. Que pensando, pensando resulta curioso que cuando se habla de un novillero siempre hay alguien que te informa de la profesión, negocios o posesiones del padre. ¡Caramba! Entonces, ¿quién le va a exigir al chaval? Pues nadie, porque quién debería hacerlo y conducirle en esto del toro, quien tendría que enseñarle eso de la colocación, del saber estar en el ruedo, de estar pendiente de la lidia, de saberla llevar, a ese todo eso le importa un bledo, él solo se preocupa de desplumar al que pone el dinero. Le camela con que el chaval tiene maneras, con que tiene un corte de torero magnífico, con que torea dos en Cantapotras y Villamodorro, de ahí a Zarzaparranda y el salto a Madrid. Llenamos un autobús de paisanos, para los que habrá que arrimar unos euros para pagarles la entrada y la merienda, aparte del transporte, y así, en un dos por tres, como el vals, se va la fortuna familiar dando giros por el salón de los primos y cuando los bolsillos del papá estén del revés, pues nada, es que esto es muy difícil, el chaval no ha sabido aprovecharlo, yo he puesto todo lo que sé y hasta luego Lucas, a buscar al siguiente panoli, Que además, tampoco tienen que buscar mucho, porque en las escuelas tienen a sus criaturas todas juntas, basta ir preguntando a qué se dedica el papá y en dos patadas tendremos a la siguiente víctima servida en bandeja de plata, basta con aliñarlo un poquito con palabrería y aplicar la fórmula de siempre. Entonces, con el pastizal que se gastan para vestirse de toreros, ¿entienden que no puedan consentir la más mínima crítica? 

Luego pasa lo que pasa: que toman la alternativa y pretenden que la cosa siga igual, que ellos puedan seguir en esa burbuja de alabanzas y encumbramientos de película y que los que también pagan, porque aquí paga todo hijo de vecino, les doren la píldora como los aprovechados que tan bien les han mantenido ciegos, sordos y desorientados en su caminar por el toro. Luego entran otros mecanismos, en los que quizá no hay que poner tarde tras tarde. Luego viene eso de cuadrar las cuentas a final de temporada y cuando empieza el taurino con que si tanto para los voceros, tanto en dádivas y presentes, que si lo de aquel día en aquella finca, que si picos, palas y azadones y después de una temporada que el chaval y su familia creían triunfal, con el planeta taurino y la afición entregada a sus pies, más de cuarentas tardes y ¡catapum! Que aún debe tropecientos mil euros. Lo que no sabremos es si entonces entienden cómo otros con los que alguna vez alternaron no estrenaban vestidos de torero, trastos de torear y que para verse anunciados tenían que pasar las de Caín. Y entonces es cuando el papá, o quien sea, el que iba adelantando dinero a costa de darle bocados a la fortuna familiar, se da cuenta de la realidad y cae en la cuenta de que el cliente era él.

Enlace programa Tendido de Sol de 10 de septiembre de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-10-septiembre-de-audios-mp3_rf_20789062_1.html

domingo, 3 de septiembre de 2017

Estamos cómo queremos


A los maestros se les recuerda, pasen los años que pasen, pero luego están los que se empeñan en serlo, pero no se les echa de menos

Ya metidos en el último tercio de la temporada, ya pasadas las grandes ferias, con la excepción de Zaragoza y si nos ponemos a echar cuentas, poco ha pasado, como ya hace años, aparte de leves, levísimos picos, en ocasiones con demasiada carga de artificiosidad, se mantiene una insoportable monotonía, que solo beneficia a los que manejan todo este tinglado. Se podría decir eso, que aún queda El Pilar, pero de la misma forma, figuras, figurones y figurantes, se han empeñado en despreciar y vaciar la que siempre ha sido la última feria importante del año.

Siempre puede haber quién eche mano de estadísticas y utilice las orejas y salidas a cuestas como dardos contra los no tan optimistas, pero al final se demuestra que estos dardos son de goma y el más leve argumento les dobla la punta. Ni los toreros de arriba tiran, ni los de detrás empujan. Si se quiere alimentar la esperanza, no que da otra que ir allanando el camino a los jóvenes, a ver si así, empujoncito a empujoncito logran superar las primeras rampas del puerto que supone el ser torero. Los hay que quieren agarrarse a Ginés Marín, joven torero que ha irrumpido sin rotundidad y como digo, gracias a la benevolencia de los sedientos de ilusión. No me cuenten las salidas a hombros como la de Madrid, porque si tiramos por ahí, igual acabamos la discusión demasiado pronto. Hoy parecía algo y mañana se desfiguraba como una acuarela en un balde y dejaba al personal esperando a ver si era que sí o si era que no. Luego apareció Román, con sus triunfos en la plaza de Madrid, patrocinados por AutoRes; no se le puede negar la voluntad, claro que no, ni la simpatía, faltaría más, pero si el modelo de torero que nos espera es el de voluntarioso simpático, es que esto está peor de lo que pensábamos, pero mucho peor. Y puestos a rebuscar, pues también la voluntad de Javier Jiménez y no digo más, que tampoco hay que cebarse con el chaval, está empezando y le queda mucho que aprender, dejemos que lo aprenda, pero no me lo conviertan en la reencarnación de Lagartijo el Grande.

Quizá lo más esperanzador sea la reaparición de Ferrera, pero si esto es a lo que nos tenemos que agarrar como a un clavo ardiendo… ¿Hay algún abismo próximo para atravesarlo sin freno? Ureña, del que se esperaba otra temporada, parece seguir en la línea de salida, aunque afortunadamente tampoco se le han visto intenciones ni de traicionar al aficionado, ni mucho menos a él; Urdiales, pues si uno aún está en la salida, este ni se ha quitado el chándal, ¿qué digo? Ni se ha bajado la cremallera. ¿Y las figuras? Pues las figuras, a lo suyo, a seguir por ahí, con sus cosas y ampliando estadísticas, pero no se metan a ver el por qué de los números, que igual se encuentran con el señor Ponce y entran en shock. El maestro, desde Madrid, ha vivido en un eterno día de Reyes, regalos por aquí, regalos por allí y si un caballero le dice que se esfuerce para merecerse el Scalextric, todavía va y se pone moñudo. ¡Qué malo es eso de mimar a los niños! Luego se vuelven soberbios y caprichosos y explíqueles usted que no todo es según a ellos les viene bien.

Pero si nos centramos en el ganado, ahí la decepción alcanza dimensiones mayúsculas. Basten unos pocos apuntes. Si nos atenemos a las señeras de otros tiempos, el panorama es deprimente. Adolfo de mal en peor; Miura, una decepción desoladora; Victorino, el ideal moderno, al que la novillada de Madrid le cuenta cómo corrida de toros. Y cuándo sale algo de verdadero interés, como Rehuelga en Madrid, no hay palos suficientes para echar por tierra la corrida que más cosas dejó en el recuerdo del aficionado. Lo que quizá nos deje motivos para la reflexión es la progresión de algunos hierros no hace mucho denostados, que parecen decididos a recuperar la casta, eso, siempre y cuando no les lidien las figuritas. Así parecía con Juan Pedro, que daba la sensación de irse recuperando muy lentamente, pero es aparecer la cremme mediática y todo vuelve a lo anterior. O la de Torrestrella de Bilbao, a la que habrá que esperar en próximas apariciones. 

Eso sí, si nos paramos a escuchar a algunos empresarios, esta temporada va ser un hito en cuanto a resultados, se mire desde dónde se mire, aunque algunos, quizá el más satisfecho de si mismo y de su gestión, el señor Casas, don Simón, de tanta euforia hasta quiso cortar la exitosa temporada de Madrid y solo por la insistencia de la Comunidad de Madrid, prodiguió su exitoso camino y en un mar de novilladas, hasta se atrevió a dar una corrida de toros en todo el verano. También estaría bien en saber de la felicidad de las empresas de Sevilla o Bilbao, que cada vez ven sus plazas más vacías de lo que algunos esperaban, pero ellos están encantados y si además pedimos opinión a la prensa del movimiento y a los de la tele, entonces ya la juerga es un no parar. Lo que no sé es como no nos tatuamos un azulejo en el pecho, que nos recuerde todas las mañanas la situación de nuestra fiesta de los toros y es, estamos cómo queremos.

Enlace programa Tendido de Sol del 3 de Septiembre de 2017:
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lunes, 28 de agosto de 2017

En la marcha de Dámaso González


Los toros no hablan, aunque muchos lo lleguen a pensar, pero seguro que llorarían la marcha del torero. QDEP.


En silencio, sin ruido, sin excesos, se marchó Dámaso González, el torero de Albacete que paseó el nombre de su tierra por todo el mundo taurino. Si quieren que sea sincero, nunca fui un entusiasta de este torero, ni de sus formas, ni de su concepto torero, no me entusiasma el encimismo, el pegapasismo, pero ¡ojo! No creo que haya muchos toreros a los que se les pueda, se les deba mayor respeto que al torero de Albacete. Habrá quién te mese desesperadamente los cabellos al leer que yo nunca me entusiasmé, pero siempre le respeté. ¿Y qué hacía que mereciese ese respeto? El toro, siempre el toro, quién da la medida de todo lo que se hace en un ruedo. Que sin ser partidario de arrimones, ¿qué quieren que les diga? No es lo mismo hacerle cucamonas a un borrego, que poder y someter a in Miura, Victorino, Samuel, de la época, Guardiola, Pablo Romero, Conde de la Corte, Juan Pedro, de los de aquellos y tantas y tantas ganaderías que otros muchos “maestros” rehuían.

Dámaso González fue ejemplo de humildad, nunca se le vio plantar cara al aficionado, nunca se le escuchó ni tan siquiera cuestionar a una plaza como la de Madrid que, acuérdense, le contaba los pases en aquellas largas faenas. Sus plazas eran la de su tierra, Valencia y muchas otras, no llegó a encandilar a Madrid, pero, ¿creen que encontrarían a un solo aficionado madrileño que le negara su mérito y el respeto debido? No, porque una cosa son los gustos, sobre todo cuándo Madrid gustaba del toreo artista, fino y elegante, combinado con el mando y el poder, algo casi imposible, pero que de vez en cuándo se daba, y ante el toro. Dámaso González nunca miraba estupefacto a los “estúpidos” que no se entregaban a su toreo, nunca le molestaron las chepas, ni los del 7, la andanada del 8, los severos aficionados de la sombra, ni le puso pegas a si esta ganadería le cabía en la muleta o no, ni farfulló eso de que a algunos les gusta la tragedia. Estaría bien que muchos figuras presentes hubieran seguido su ejemplo, pero no les veo yo a unos con disposición para ello, ni al torero que ha marchado creyendo que pudiera dar clases de nada a nadie, no porque pudiera o no pudiera, sino porque quizá su humildad se lo impidiera, pero ya digo, unas horitas de charla con él, quizá habría sido una buena medicina para tanta estúpida soberbia. 

Quizá Dámaso González no se sintió artista, ni esperaba tan siquiera alcanzar los excelsos límites del amaneramiento, pero seguro que se sentía torero, matador de toros, porque de eso no hay ninguna duda. No voy a dar nombres de toreros de su época, de toreros con los que alternó, que por sumar grandes números en aquellos años se les calificó de figuras, muchos ya no están y otros retirados hace lustros, no tienen por qué escuchar impertinencias fuera de tiempo y lugar, pero no se puede negar que lo tuvieron más fácil que el torero de Albacete. ¿Y creen que se reveló, que sacó las uñas y que se revolvió con malos modos ante aquello? Pues no, él simplemente se vestía de torero y con ese porte desgarbado se iba a matar la de Miura a Madrid, quizá era su forma de hablar. Luego, ya digo, sus maneras eran las que eran, pero ahí estaba para tragar tarde tras tarde y temporada tras temporada. Incluso en el ruedo no empleó triquiñuelas tremendistas, ni gestos exagerados para levantar los tendidos, no lo vendía, cómo se dice ahora. Se ha marchado un torero tal y cómo vivió, con discreción, prácticamente desaparecido desde que dejó los alamares, sin apuntarse a juergas mediáticas, si se le llamaba, estaba y si no, pues tampoco se metía. Así se ha ido y a pesar de no ser del gusto de Madrid, a pesar de no encandilar a muchos aficionados con su toreo, quedará en el recuerdo y todos sabrán que Dámaso González, torero de Albacete, tantas veces cosido al toro duro, al más complicado, a los hierros que a muchos hacían y hacen echar a correr a tantos y que a él clavaban los pies al suelo, es, el torero, se ha ido. Dámaso González, matador de toros, descanse, por siempre, en paz, mientras quede en la memoria del aficionado.

domingo, 20 de agosto de 2017

En la churrería del señor Casas no se va en pantalones cortos


Quizá antes de acabar con los pantalones cortos en los tendidos, se debería devolver el traje de luces al buñolero de la Plaza de Madrid.


Las cosas, y sobre todo las cosas bien hechas, no se logran en un chasquido de dedos, hace falta paciencia, despacito y buena letra que nos decían las monjas en parvulitos. No sé qué se pensará la gente a la hora de juzgar al señor Casas, don Simón, el pobre, que solo recibe críticas en su mayoría, sin que nadie le ofrezca el hombro para consolarse y anda que no hemos tenido tiempo para ofrecernos al señor Casas, don Simón, para escuchar sus lamentos; ya desde antes de que se iniciara la temporada, cuándo escuchábamos aquellos proyectos, aquellos planes de grandeza y felicidad extrema, a medida que se le fueron viniendo uno por uno abajo, ya podíamos haber hecho cola como consoladores, con perdón. Parece que hace un siglo del fracaso de la feria de San Isidro, en la que esperaba el señor Casas, don Simón, cien mil espectadores más que el año anterior y levemente supero los asistentes del otro San Isidro pero con más festejos que en el 16. ¿Y dónde estaban ustedes para consolarle después de semejante trompazo? 

Lo que le afectaría semejante revolcón, no se sabe si a él o a sus socios, porque aún nadie ha dado razón de lo ocurrido, pero que de la noche a la mañana se descolgaron con que no había más toros en Madrid, hasta mayo del siguiente año, ni temporada, ni temporado, aquí se corta por lo sano y punto. Pero ni eso le salió cómo esperaba a la Plaza Uno, que menos mal, porque cómo hubiera dos iguales, ¡todos a cubierto! Que le pensaban echar las culpas a la señora Carmena, hecho que algunos ediles madrileños se apuntaron como propio, hasta que doña Carmena dijo que el Ayuntamiento no pintaba nada en esa trifulca y la Comunidad, sin tardar ni un suspiro, confirmó que iba a haber toros cuándo tenía que haberlos. Otro berrinche para el Casas, don Simón, y hala a continuar con la temporada, aunque eso sí, sin demasiado entusiasmo; es como si el Casas, don Simón, se hubiera hecho con el negocio de una churrerría y ¡venga! A montar festejos, o mejor deberíamos decir, festejillos. Novilladas a tutiplén, a horas más bien de irse de copas que de sentarse en un tendido a contemplar las ocurrencias de el Casas, don Simón. En su haber puede contar la Plaza Uno, el haber montado un verano, además de la feria, más pobre que se pueda recordar, que hasta a los guiris les parecían penosos los carteles. Que ratos más malos ha tenido que pasar el Casas, don Simón, cuándo le contaran por teléfono, videoconferencia o vaya usted a saber, el solar en que estaban convirtiendo a las Ventas. Eso sí, el señor productor no se ha pasado por Madrid, ni para ir al aeropuerto, debe haberse dado unos rodeos por la M-45, la M-50 y hasta la M- 70, que está sin proyectar, para no tener que pisar Madrid. Con las ganas que tenía de que le dieran las Ventas y lo poco que la está disfrutando. Eso sí, no hubo, ni parecer ser que hay, hombro en el que él desahogara sus pesares.

Monta un certamen novilleril, con unos resultados más que pobres, gana un chaval, un novillero con la ilusión del que empieza y con ciertas maneras ilusionantes y ni se acuerdan de él para la Feria de Otoño. O sea, que por lo que se ve, lo del certamen les importaba entra nada y menos, que solo era un producto más de la churrería que se acababa de agenciar el Casas, don Simón, para tapar los huecos del verano y que en cumplimiento a lo ofertado para que se le adjudicara la plaza, debía cubrir el señor empresario. Pero cuidadito, que en fecha tan señalada cómo la presentación de los últimos carteles del año, donde se incluyen los de Otoño, el Casas, don Simón, no puede evitar ese afán de querer arreglar esto del toro y ni corto, ni perezoso inicia su enésimo proyecto para la plaza de Madrid, aunque este pareced empeñado y comprometido a llevarlo a buen fin. Queda prohibido terminantemente a esa chavalería de la Grada Joven, acudir al coso de la calle de Alcalá, en pantalones cortos. Ya era hora de que alguien se tomara en serio los verdaderos problemas de la fiesta de los toros y para ello, ¿qué mejor sitio que la plaza de Madrid? Pues ninguno. Y no me vengan con que los carteles cojean por todas partes, que unos parecen descolgados de la última y gloriosa feria de San Isidro, la de las mil puertas grandes, y otros montados por el doctor Franckenstein, que si interesan los hierros anunciados, es echar una mirada a los alternantes y dan ganas de poner una vela a Santa Rita por la vuelta de Taurodelta. Que me lo dicen hace diez meses y ni me lo creo. Que alguien lograra hacer buenos a los Choperita y adyacentes, ¿cabe mayor disparate? Pues sí, el disparate de el Casas, don Simón. Pero no se me desvíen del tema, no se me relajen y centrémonos en lo importante, que lo de los toros fofos con figuras aún más fofas, lo de los torazos para toreros poco y mal toreados, lo de los novilleros puestos por el Ayuntamiento y demás lindezas, nada comparado con lo de los pantalones cortos. Que uno también lo entiende, porque claro, si a todo el mundo le da por ir enseñando cacha y fresquitos, por aquello de aguantar los más de 30ª C en esas tardes de estío, ¿adónde iría a parar la industria del abanico y el agua, agua fresca a la vera de la plaza? Y lo que es peor, que vamos casi desnudos con las canillas descubiertas y nos dan ganas de protestar, sobre todo esa panda de jovenzuelos que se creen que a los toros se va a protestar cuándo les están guindando la cartera. Pues no, no y no. A ver si ya nos enteramos de una vez y dejamos las cosas claras, calladitos a aplaudir con agrado y que se sepa, ¡venga hombre ya! En la churrería del señor Casas no se va en pantalones cortos.

martes, 15 de agosto de 2017

Que Morante se hace a un lado


Pues sí, fue una gran ilusión lo que provocó Morante de la Puebla, pero al final...


Menudo revuelo que ha montado el señor Morante de la Puebla, que de la noche a la mañana va y dice que se va, que nos deja, que nos abandona el último artista fértil, que nos deja el vació, el desierto más árido e inhóspito que la mentalidad taurina pudiera imaginar, sin agua, sin vegetación, sin puestos de claveles, sin dónde comprar pipas, ni echarse un yintonis al coleto, ni tan siquiera dónde poder montarle un altar al genio; que por genio lo tienen muchos y ven con él desvanecerse todo motivo por el que seguir en esto. Se nos va un torero que un día enloqueció a la plaza de Madrid con un puñadito de quites, un torero que es posible que en su momento haya enamorado a todo aficionado a los toros, pero que con el paso del tiempo fue perdiendo adeptos al mismo ritmo que ganaba detractores que no entendían, ni compartían sus maneras. Un torero que fue construyendo un personaje cargado de adornos fuera del ruedo al tiempo que vaciaba de contenido sus presencias en las plazas.

Morante de la Puebla, aquel chaval que medio ilusionaba en sus comienzos, que tenía algo diferente, pero que tampoco era para perder los papeles, sufrió una etapa complicada que le llevó a alejarse de los ruedos con más pena que gloria y demasiadas decepciones. Quizá aquella decisión fue la más sabia y no vamos a entrar en las causas, pues esas son particulares del hombre y no creo que nadie tenga derecho a ponerse a cuestionar lo que entonces sucedió. Afortunadamente se cruzaron los caminos de Morante y de Rafael de Paula y quizá fue en ese momento cuándo brotó una personalidad que en los primeros compases sonaba a música celestial, a toreo excelso, eterno y fue cuándo es posible que se le valorara más por lo que se atisbaba que podía ser, que por lo que realmente fue. A continuación vino el cambio de apoderamiento y un cambio de sentido de 180º, sobre todo en las intenciones, en la filosofía del torero y en sus modos de enfrentarse al toro.

Morante de la Puebla inició un camino en el que todo su empeño era buscar su acomodo, sin importarle demasiado lo de alrededor, atender a la lógica y mucho menos al bien de la fiesta de los toros. Tal fue su obsesión por encontrarse cómodo, que al final más bien parecía una obsesión por adecuar el mundo a sus caprichos. Sería interesante pararse a pensar y reflexionar sobre el bien que ha hecho Morante a la fiesta, sobre cómo estaba cuándo él se incorporó y cómo la deja ahora que se va, ¿qué ha aportado a la fiesta, de importancia? Si le preguntamos a los más fieles, esos que a las críticas respondían con que era la envidia lo que guiaba a sus detractores, nos responderán que es el arte puro, la imagen viva de la estética más solemne del toreo, la expresión del artista único, pero claro, todos los artistas dejan un legado, una obra, un ejemplo de su entender el arte. ¿Qué ejemplos, qué modelos nos deja Morante de la Puebla? Y vayamos a plazas de primera, aquel día de Bilbao del casi centenar de muletazos, lo que ya dice bastante de su toreo, los quites de Madrid y momentos muy puntuales en Sevilla y poco más. No tiene un dos de mayo cómo Joselito, ni un 5 de junio cómo José Tomás, ni un toro blanco, ni una Beneficencia con un sobrero para bordar el toreo, ni una tarde en la plaza de Carabanchel, ni catorce Puertas Grandes de Madrid encarnando lo que es el toreo al natural, ni… ¿Para qué seguir? 

Lo que nos deja en la memoria Morante de la Puebla es la vergüenza de los bailes de corrales las mañanas de toros; el puro; el cafelito; cambiar el color de las rayas de picar; la chepa de Madrid, que se bajó para que hiciera el ridículo y no poderla poner de excusa; el traje de lince; el vestido de dos colores; apuntillar vilmente a un borrego estando atrincherado detrás del burladero; acuchillar a otro sin sacar el primer estoque; saludar henchido de soberbia tras recibir los tres avisos; la negativa permanente a no matar nada que no sea de las ganaderías escogidas afines al sistema; el repucharse cuál manso pregonao cuándo las cosas no iban, exigiendo no se qué respeto que cree merecer en esas circunstancias, por parte del público; la exigencia a ser idolatrado como el mayor genio parido en la tauromaquia, y ahora que si el toro es… yo qué sé cómo dice que es el toro, porque a lo mejor, lo que le sobra es eso, el toro, quizá su ideal sería el vestir de luces, pasear luciendo palmito y contoneando genialidad al abrigo de las tablas, sacudir al aire las telas y pasar a recoger las “merecidas” ovaciones que los que pagan están obligados a regalarle, haga o no haga, pero basta con que esté. Unos dirán que se va un genio, otros que un fraude y otros, hasta puede que tengan sus dudas por si tras esta despedida no se esté preparando ya la vuelta en loor de multitudes o si serán efímeras apariciones como un mesías resucitado, dos, tres tardes a lo sumo, imitando el método José Tomás, pretendiendo cobrar su buena pasta, sin complicarse la vida, sin entrar en competencia y a la fiesta… a la fiesta que la den. Que ya estaría bien que uno de sus enterradores ahora nos se nos pusiera flamenco y decidiera echar un cuarto a espadas para revitalizar esta agonía, aunque antes tendría que ganarle la pelea al personaje que parece haber ido devorando al torero, al hombre. Pero no teman, que eso no lo verán nuestros ojos, que lo único cierto, por el momento, es que Morante se hace a un lado.

jueves, 3 de agosto de 2017

Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno


Nada tan moderno, como lo clásico, que hasta pudo ser revolucionario

Puede ser que sea que uno se ha quedado anclado en unas formas que aunque haya a quién les parezcas inmutables, a otros simplemente les sobran, no aportan nada, mientras que los más ni tan siquiera saben de su existencia y la sorpresa les hace aclamar unos modos que hace no tanto, aparte de chabacanos, habrían sido objeto de la censura más airada por parte de aficionados, no aficionados, gente del toro y profesionales de la pluma. Será que para algunos el rito forma parte sustancial de la fiesta de los toros y que usos que aunque no influyen directamente en el transcurrir de la lidia, sí constituyen una parte irrenunciable de este todo, creando esa atmósfera, alimentando una tradición y manteniendo vivo el misterio que nos permite seguir hablando de los toros como un rito sagrado en el que tarde tras tarde se sigue sacrificando a un tótem de nuestra cultura, consiguiendo paradójicamente prolongar la vida del espectáculo, de un sentimiento heredado y por supuesto del toro de lidia. La muerte como garante de vida. 

Como si fuera un árbol de Navidad, los hay que se empeñan en ir quitando adornos, una bola por aquí, quizá dos, tres, algunas tiritas de espumillón, pero el árbol no ha perdido su condición de tal. ¿Y si dos más? Luego esas estrellitas bañadas en purpurina, unas cuantas luces y quitando y quitando, sin darnos cuenta, el árbol de Navidad en su pobreza de adornos ya empieza a parecer menos árbol y más un esperpento sin sentido y desprovisto del significado que un día tuvo. Y como si fueran esos abetos desmarañados, así se ven a los chavales que a la mínima, al primer empellón, a veces incluso sin empellón, se despojan de parte de su hábito de oficiante del toreo, se quitan las zapatillas alejándolas lo más posible; si es que no hay quién haga nada calzado. O cuándo en caso de apuro siempre hay un alma buena que le levanta la chaquetilla de torear al matador; fuera despojos. Y es que creo que nunca hubo tanto topless taurino a lo largo de la historia, como lo hay ahora. Que si tanto molesta esta prenda, si tanto pesa, ahora hay un modelo de chándal magnífico, con los alamares serigrafiados que parecen dar el pego y así todos nos evitamos un mal rato. Y llegado el caso, los fines de semana en que no se toree, el maestro puede ponerse su chándal de chabacano y oro y bajarse a comprar el pan y el periódico con él y ya apurando, hasta llegarse al hipermercado del bricolaje y comprar los tableros para el zapatero del cuarto del fondo.

En muchos casos las modas, más que marcar una tendencia, son una condena, un suplicio inevitable, pero como es la moda, a tragar; y no levantes la voz, que te emparedan en el muro de las antigüallas a desechar. Lo chic que parece resultar eso de ya no liarse en el capote de paseo y echárselo por encima así como un pareo sobre el triquini en la Manga. Será que no han tenido un aficionado que les diga a estos jovencitos que hay usos, maneras, que no son solo una tradición, es mucho más, es parte del rito y en muchos casos, no son más que una muestra de la implicación del matador durante la lidia, porque el estar con la muleta y la espada esperando a que termine el tercio de banderillas, como si hubiera alguna prisa, no es más que el desinterés por lo que allí ocurre y el creer que si ocurre algo, que vaya Juanele, que para eso le pago. No sé si será moda el no cuidar la colocación en los dos primeros tercios y lo que ya supera al colmo de la tontería es esa manía que algunos, incluso ya matadores de toros, de ponerse a torear de salón con el toro en la plaza, ya sea al extremo de allá alejado del caballo o detrás del banderillero preparado para parear. Lo que digo, un claro signo de falta de afición y de estupidez taurina. ¿Y cuándo ellos, sumos sacerdotes del toreo, allá tan felices con su toro, porque suyo es y así lo consideran, deciden invitar a salir al ruedo hasta al portero de la finca, para brindarle un toro? Que no digo yo que tengan que ocultar el afecto, el agradecimiento y lo buena gente que son, pero eviten que asomen al ruedo la última colección de Emidio Tucci o la última bicoca que el homenajeado ha sacado de las rebajas de oro del Corte Inglés.

Todo esto, sin profundizar en las cuestiones propias de la lidia, pero que no deja de ser un claro síntoma de la idea que muchos tienen de esto del toreo. Porque, ¿qué me dicen de ese ponerse la gabardina, que es lo que parece cuándo ceremoniosamente se tiran el capote a la espalda para quitar por pseudo gaoneras o cualquier versión del trapaceo al aire como si sacudieran las mantas del invierno? Que algunos hasta se recrean en pecado, en lo que no parecen capaces de hacer con un lance lleno de garbo y torería. Pero repito, que lejos debemos estar algunos de estas modas poligoneras del toreo. Porque sin entrar en esos males del pico, de no cargar la suerte y demás trampas ventajistas, ¿ustedes pueden con eso de coger la de mentira, que me niego a llamarle ayuda, porque siempre ha sido, es y será la espada de mentira, y que el matador la tire como si le apestara o en el mejor de los casos la clave en la arena? Así, cómo si estuvieran parcelando el ruedo y necesitaran una referencia para saber de dónde a dónde van las patatas, las coles o las tomateras. Eso sí, a continuación se enredan en eso de los “naturales” con la derecha, como si ya fuera el sumum, el éxtasis del arte torero y del chachachá. ¿Cómo se puede concebir un matador que durante el tercio de muerte no tenga siempre en la mano la espada, el estoque? Son muchas cosas, demasiadas, quizás, que nos podrían tener aquí durante horas y si los aficionados se pusieran a hablar, entonces no haríamos otra cosa que incrementar con largura la lista de despropósitos taurinos difíciles de entender y explicar. Costumbres que imitan todos, viejos y noveles. Que se impone el bajonazo y todos a tirar a la paletilla, que las estocadas traseras, pues a practicar la colonoscopia taurina, que ya no se descabella por aquello de no marrar y venga el folklore. Pero, ¿quién es el culpable de todo esto? Pues es evidente que los que cometen tales despropósitos, los que no solo no se los corrigen, sino que se los fomentan con eso del “véndelo”, como si de chalanes de feria se tratara y los que no solo no lo censuran desde los tendidos, sino que además se rompen las manos a aplaudir y hasta consideran tales numeritos merecedores de premio. Y este es nuestro castigo de tarde sí y tarde también, pero, ¿qué quieren que les diga? Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno.

domingo, 30 de julio de 2017

Uno está harto


Que nunca llegue la tragedia, pero nunca se pude desterrar el dramatismo inerte a la fiesta, porque en ese caso, ya no será la fiesta, será otra cosa, por supuesto, carente de la grandeza que siempre deslumbró


Tengo que confesarles que en ocasiones uno está harto de esos taurinos que parecen ser los únicos que entienden de la complejidad y dificultades que entrañan el toreo, el ser torero. Basta que surja el percance, por leve que sea, que siempre sería mejor que no se produjera, para que te escupan a la cara eso de que los toros cogen, los toros matan, hieren y truncan lo mismo ilusiones de una tarde, que vidas para siempre. Que quizá lo tengan que repetir para concienciarse ellos mismos y por eso se lo repiten en voz alta. Pues a los aficionados a los toros y a mi mismo, no nos hace falta oírlo una y otra vez saliendo de sus bocas, porque es algo que nos retumba dentro cada vez que vemos a un hombre, aunque apenas brinque la adolescencia, vestirse de luces o de corto o cuándo se nos hace presente el toro, en el campo, en la plaza o en las fotos de una tasca. Quizá por ese motivo, cuándo somos espectadores de una corrida de toros, novillos o becerros, no podemos entretenernos ni comiendo pipas, ni dando traguitos al combinado de turno, ni comentando la cena del día anterior, ni siquiera si el vecino o vecina tienen un monumental culo. Si acaso, solo si acaso, cuándo el toro ya no está en el ruedo, justo en ese momento en que uno puede destensar un poco. 

Es relativamente habitual el ver como una vez que sucede un percance, los “buenistas” se vuelven ante los exigentes y les recriminan esa crítica a las carencias del torero en cuestión, mucho más intensas si el percance lo sufre el torero de la tierra, el amigo o simplemente del que se siente fieles partidarios. Quizá nunca se han parado a pensar estos leales, en el nulo favor que hacen al pretender que su torero continúe por un camino para el que no está preparado y que a medida que más se adentra, más papeletas compra para la desgracia. Pero en esos casos, el aficionado no suele echar la culpa a nadie, ya no ha lugar para otra cosa que para la preocupación, el lamento y el deseo más ferviente para que se recupere el torero cuánto antes, mejor. Las protestas en su momento y si ni el torero, ni sus allegados, ni su peña entienden que es mejor darse cuenta de las cosas siguiendo la lógica y no por imposición del trompazo o cosas peores, mucho mejor.

Quizá estos adalides del “buenismo” puedan llegar a pensar que el aficionado no quiere que haya toreros, incluso insultan, o eso pretenden, llamando antitaurinos a los que se entregan permanentemente a su afición durante toda la temporada, después y antes de su inicio, pero no se confundan, no caigan en ese error tan habitual de querer adivinar lo que piensa el prójimo y mucho menos de acuerdo a sus parámetros de “buenismo” taurino, que a veces, sin quererlo raya en la injusticia, taurina y vital. Podían detenerse unos minutos a pensar y lo mismo llegan al razonamiento de que lo que esos aficionados quieren es que haya toreros, muchos, cuantos más mejor, pero que no haya ni un pegapases más, ni un ilusionado incapaz, ni alguien que solo pretende hacer dinero, a costa de lo que sea. Y que no sea el aficionado, el público o un presidente que da una o mil orejas los que decidan si sí o si no, que el juez único sea el toro, el único con capacidad real para poner a cada uno en su sitio.

No sé si estos “buenistas” se paran en reflexionar sobre el toro, el toreo o simplemente repiten lo que oyen a otros, no tengo ni idea, a veces les veo airados defender la libertad. Indignarse cuándo alguien parece alegrarse de la desgracia de un torero, lógicamente, no entienden tales posturas, no llegan a comprender cómo alguien se puede felicitar por la desgracia de un ser humano, sea torero o reponedor del híper, pero, ¿por qué ellos mismos nos escupen con aquellas mismas razones a los que pretendemos que se imponga el rigor, la seriedad y el toro en esto de los toros? Por favor, evítenselo y no traten de arrimar el ascua a su sardina, a la sardina de su partidismo con tal o cual torero, a la del interés porque este o el otro triunfen a pesar de lo que sea, no utilicen semejantes artimañas, semejantes trampas, tan sucias y tan rastreras con los que solo tienen como fin la grandeza del toreo, construida sobre la integridad del toro. 

Es claro que cualquier animal con cuernos coge y puede hacer daño, mucho daño, pero no se trata de eso, claro que el borrego también coge y hiere, claro que con esos también existe riesgo, pero es que esto no va de eso, no es acercarse más o menos al precipicio, ni cruzar el abismo sobre un cable de acero con los ojos vendados, nada más lejos. Esto es toreo y hay que arriesgarse lo justo, ni más, ni menos, no hay que añadir penalidades, porque el toreo y el toro ya son suficientemente complicados, como para añadir más obstáculos. La cosa es muy sencilla, es un toro y un torero, que a cada embestida tiene que darle la oportunidad de que el animal le coja, por el sitio en el que se pone y por la propia naturaleza de su oponente, pero, y ahí está lo grande, con su saber, su mando y el saber ver al toro, el hombre tiene que esquivar una, dos, quince veces, el que el pitón le cale y además, si puede, construir una obra de arte, pero hasta eso entiende el aficionado, que sabe que lo del arte no siempre es posible, ni todos están tocados por el destino para crearlo. 

Que quizá esos “buenistas” tengan la necesidad de estarse recordando entre ellos eso de que el toro coge y hasta mata, pues nada, recuérdenselo, pero no cometan la torpeza de escupírselo a la cara de los aficionados, de esos que ven al torero como un ser superior, un ser rodeado del halo mágico del toreo, seres a los que estrecharles la mano ya impone, pues esa es la mano que soportar el peso del acero y la gloria, la mano que se mancha de la sangre del toro, cuando no de la propia o la de un compañero. Quizá esta puede ser una de las diferencias entre el “buenismo” y el aficionado, unos ven al torero como una estrella a la que sobar, abrazar y pedirle fotos al llegar a la plaza, como si fueran a interpretar la quinta de Raskayú , sin entender que el torero no acceda a esta ceremonia del dislate, mientras el aficionado, si acaso, al llegar a la plaza se limite a abrirle paso, en silencio, a lo mejor algún “suerte, torero”, pero dejando al hombre en su intimidad, la intimidad del toreo, porque acto seguido se va a liar en el frío lujo del capote de paseo, para torear, para lo más grande, torear, porque en nada podrá crear arte puro y verdadero o incluso puede que no vuelva a salir de la plaza sintiendo el placer de respirar. La gloria y la muerte separada por un suspiro. Será porque otros no lo vean así, será porque no se imaginan que otros puedan verlo así, será por eso que ya uno está harto.

miércoles, 19 de julio de 2017

De animalistas, naturalistas y esa vida sana de promisión


Esa paz del campo en el tiempo de los Neardenthales

A nadie se le hace de nuevas la cantinela de los defensores de los animales por encima de todo, la de los que se convierten en adalides de la defensa de la naturaleza sin pararse a mirar a su alrededor o de esos que no paran de pontificar sobre una vida sana, esa que nos llevará a un estado de felicidad y bienestar que nos reencontraría con el paraíso. ¿Quién, salvo mentes trastornadas, no es defensor de los animales, de su bienestar? Otra cosa es que ese bienestar se entienda desde el punto de vista del ser humano, de pensar que su confort es ponerles un sofá para que se despanzurren en él, un bol de palomitas y Rin Tin Tin, con el montaje del director. Luego están esos naturalistas que han encontrado la fórmula mágica para construir un mundo mejor y no es otra cosa, algo tan sencillo, que remontarnos a la época de los Neardenthales, pero esta vez confraternizando entre las especies y los vecinos, nada de pelearse por un cesto de bayas o por un mastodonte recién cazado, hay que compartir y si no hay comida para todos, tampoco viene mal una semana sin comer, así nos depuramos por dentro. Que la cosa pinta bien, pero, ¿y qué hacemos con los más de siete mil millones de humanos que andamos por estos barrios? Que no digo yo que haya voluntarios para ser sacrificados en pos de cederle más espacio a la cacatúa del Orinoco, pero con servidor que no cuenten, que seguro que hay otras vías. Y luego viene esa moda de la vida sana, que lo mismo, ¿hay alguien que se mortifique para vivir malamente el resto de su vida? Pues no creo que sean muchos; pero ahora resulta que todo lo sano es no comer carne, la carne, mala, caca, puffff. Milenios de evolución y ahora resulta que lo bueno eran las bayas y no el mastodonte. El problema son las vacas, esas nos arruinan el planeta, hay que deshacerse de las vacas y ponernos todos a comer arroz, coles, bayas y complejos vitamínicos que suplan las carencias producidas por no comer carne. De locos, o eso me parece a mí, pero, ¿Qué tiene esto que ver con los toros? Pues es posible, nada y ahí voy yo, porque igual tampoco tiene que ver con el animalismo, el naturismo o la vida sana.

Aparentemente, las demandas de estos animalistas, naturalistas o amantes de la vida sana y, ya de paso, del civismo extremo, van dirigidas a acabar con espectáculo tan bárbaro, retrógrado e incivilizado como las corridas de toros, heredado por este mundo desde la noche de los tiempos, aunque no sabemos si viene de antes o después de lo de los Neardenthales. Eso sí, lo que parece confirmado es que por aquel entonces no andaba por medio la fundación Rockefeller, o al menos con el entusiasmo y esfuerzos económicos con que ahora defiende nuestra moral y sensibilidad en paz con el orbe. Con ese entusiasmo y entrega con que esos activistas defienden sus convicciones, ¿realmente estarán peleando por lo que creen? ¿Por qué ese acabar con los toros? Que resulta curioso que ante el panorama de la abolición de la tauromaquia no tiene ningún plan previsto y si no, basta con preguntar a cualquier entusiasta animalista/ naturalista/ amante de la vida sana, ¿y después qué? Y a lo más que llegan es a que se les deje a los toros vivir tranquilamente en el campo o que se queda todo cómo está, pero sin toros y si desaparece el toro, pues que desaparezca y si no, pues lo dejamos en la dehesa; eso sí, le damos todos los días unas monedas para que se saquen un sándwich de tofu de la máquina expendedora instalada a tal efecto en la esquina del cercado y que todos los días repone Matías, el empleado que igual hasta es un contratado de la Fundación Rockefeller, o igual no. 

Que por estos lares y por aquellos en los que hay toros, arremeten contra los toros, pero en otros vecindarios, como puede ser Canadá, Australia o San Marino, el problema son las vacas, que comen hierba, la rumian y en el proceso digestivo emiten gases que dañan la capa de ozono. Y esto no es broma, aunque tampoco puedo afirmar que sea una teoría de los expertos de la Fundación Rockefeller. El futuro es el arroz, las verduras, las hortalizas y, ¡qué curioso! El naturalismo no promueve el consumo de productos de cercanía, lo sano el consumir un cereal que se cultiva a miles de kilómetros, una hierba tropical, una hortaliza de la Patagonia o un alga que se cría diez manzanas más allá del atolón de Mururoa. ¿Solo me extraño yo de todo esto? Es que, cualquiera diría que alguien, no sé quién, estuviera pensando en ostentar el control de la alimentación mundial, implantamos unos usos y cuándo estos ya están completamente establecidos, entonces comerá quién y cuándo yo decida. Bonita manera de manejar el mundo, por la boca. Porque, ¿quién nos dice que lo del toro de lidia importa entre poco y nada? ¿Y si fuera que lo apetecible fuera todo ese espacio, que es mucho, que ocupan ahora el toro de lidia y otras muchas especies? ¿Y si la cuestión es hacerse con esos espacios y darles un uso más ambicioso? Que no digo yo que esto sea así, que son simples elucubraciones de servidor, pero, ¿por qué no? Lo que sí tengo claro es que detrás de todo esto hay algo que se nos escapa, que va más allá de toros sí, toros no, de la defensa de los animales, de la naturaleza en su estado primigenio de cuando los Neardenthales o de si mejor un chuletón de buey o de tofu. Imagino que antes o después nos enteraremos, espero que antes y que no sea demasiado tarde, pero de momento tendremos que seguir oyendo hablar de animalistas, naturalistas y esa vida sana de promisión


domingo, 9 de julio de 2017

Los toros hacen pupa  


O andas listo o te afeitan el mostacho

Aquí, metidos en pleno San Fermín, aunque confieso mi pereza matinal que me impide madrugar para ver los encierros en directo, pero no pasa nada, basta con coger el móvil o conectarte a Internet y en dos patadas ya te han destripado el encierro de pe a pa, cosas de tener amistades madrugadoras. ¡Ay! Si mi padre me viera, me daría un cachete, él que se preocupaba de levantarme a las siete de la mañana, cuándo soltaban los toros a esa hora, para verlos correr por las calles; luego me volvía a la cama, eso que no lo dude nadie. A quién se le diga, que te aficionas apasionadamente a algo por lo que te han hecho madrugar, sentarte en una piedra al sol, tragar polvo en el campo, decepcionarte tarde tras tarde, aguantar colas para sacar las entradas, penar por un abono de estudiante, pero, que hermosa afición. Pero aparte de todas estas cosas, mi padre no dejaba de repetirme que los toros hacen pupa, que no era algo a tomarse a la ligera y si no le conoces, si no sabes cómo puede reaccionar en cada situación, a verlo desde la barrera o la talanquera. 

Lo que parece evidente es que los papás de otros niños no les contaron eso de que los toros hacen pupa, mucha pupa y años después, gracias a esa falta de adiestramiento taurino, sus retoños nos regalan imágenes que más parecen trucajes de una revista de humor, que instantáneas reales. Que lo mismo ves a los toros trepar Cuesta de Santo Domingo arriba, cuándo un fulano con cámara al cuello se cruza parsimonioso como si paseara su estulticia por la Plaza del castillo; a todo lo más, un ligero encogimiento de glúteos, cómo si por dicha plaza esquivara la vomitona de un compatriota de Güisconsin. Que nadie se ofenda, pero no me digan que no era para darle un empellón y apartarle lejos de las talanqueras, vallado en Navarra. Pero cuidado, que este al menos metió para adentro el culete, quizá emulando a sus ídolos taurómacos cuándo se pasan el toro por semejante parte. Ya me le veo poniendo una conferencia a casa, a su dady, contándole cómo él y Stone King son hermanos de culo, perdón, de posaderas, perdón… bueno, ustedes me entienden, ¿no?

Pero lo que ya puede parecer el colmo de la estupidez se queda chico en comparación con esas fotografías de una señorita oriental pegada a la pared del callejón que conduce al ruedo, sin otra defensa que taparse los ojos. Pero, ¡por favor! Que eso de cerrar los ojos y gritar ¡Casa! O ¡No se vale! Eso era para jugar al “Tú la llevas”, en el recreo del colegio… en primaria, que en la ESO ya no colaba y además te jugabas las collejas de los compañeros. Pero, ¿qué me dicen de esa otra joven que camina como disimulando por el mismo callejón, por la otra banda, así cómo con cara de “yo no fui”? Se debía pensar que en esto de los toros aún cuela lo del “pío, pío, que yo no he sido”. Que esto es muy serio y muy peligroso, por favor, señores en paz con el universo, no vayan difundiendo por ahí esa idea de la docilidad y amigabilidad del toro de lidia, porque el toro mata, en la plaza, en el campo, en la luna, en Marte y por supuesto, también en los encierros de Pamplona. Que anda por ahí un señor, aunque el cuerpo me pide llamarle canalla, que anda divulgando un vídeo de él mismo retozando con un ternero de carne, haciendo creer que es un toro de lidia, salvado de la muerte en la plaza de Barcelona, cuándo el animalito contaba unos pocos meses de edad. Que habrá quién se lo crea, pero con meses no solo no se sabe la plaza de destino, sino que ni tan siquiera se puede asegurar que vaya a una plaza. Un vídeo que aún siendo falso de cabo a rabo, podría parecer inofensivo y bien intencionado, pero la realidad evidencia todo lo contrario, más bien el hacer extenderse la creencia de un carácter bonachón y apacible de todo animal con cuernos, más parecido a un perro de aguas que a la fiera que es el toro, que ataca hasta en sueños, afortunadamente, porque eso le hace único, especial y sobre todo, el convertirse en el principal protagonista y tótem de una cultura.

Así que eso de las lecturas épicas desde el punto de vista de la fiesta de don Ernesto, el naturalismo y la idea del toro cómo ser libre en las dehesas celestiales en las que vive el toro Ferdinando, esa sensación de rito de iniciación de la tribu, ese querer vivir el desenfreno del jolgorio sin límites, todo eso, todo está muy bien, pero párense a reflexionar por unos segundos, señores ciudadanos de otras latitudes, que desde hace siglos, los mozos de por aquí llevan corriendo toros, intentando conocer al toro, sus reacciones, su forma de comportarse, la diversidad de encastes, cada uno con su aquel, que se rompen la cabeza escogiendo el tramo que mejor les viene, que se preparan para que el físico, la cabeza y las piernas, les respondan, que vestidos de blanco y rojo no han ni tan siquiera olido el alcohol y que aún tomándose esto muy, muy en serio, hay veces que se ven sorprendidos por una inoportuna cornada, ¿dónde van ustedes con chanclas, con cámara al cuello, con el móvil desparramando selfies y deambulando como zombies por el encierro? Hagan el favor, háganse a un lado, porque aunque su papá no se lo dijeran en su día, los toros hacen pupa.


jueves, 22 de junio de 2017

Nos pedían paciencia pero, y ahora, ¿qué nos piden? ¿Cabestrear?


¿Quién dice qué?

Qué gran acontecimiento fue aquel día en que la Comunidad de Madrid le concedió la gestión de la Plaza de Madrid a don Simón Casas y compañía. Unos se lanzaron a rasgarse las vestiduras sin demora, mejor antes que después, otros, entre los que me incluyo, pensamos que había que dejarle actuar y otros que no se podía desconfiar cuando aún no se había ni sentado en su mesa de las Ventas. Es que no se puede ser tan negativo, ni ver todo mal, que es verdad, pero, ¡hombre! Que cada uno tiene sus antecedentes y el señor Casas, don Simón, tiene los suyos, que ni son pocos, ni tranquilizadores. Pero no había empezado la temporada y ya llevaba una larga lista de promesas incumplidas, que otra cosa no, pero defraudar, este señor no defrauda, se esperaba un disparate y respondió con una montonada de ellos, a cuál más descabellado. Pero no les voy a aburrir contando los planteamientos de la feria, ni de la temporada que estaba iniciándose. Vayamos al final de la feria, que según él, los medios oficiales y sus seguidores más fervientes, los que se quedan siempre con lo bueno, loaron el ciclo como el mejor de no sé cuántos años. Daban cifras de más de 600.000 espectadores, más que el año anterior, pero sin contar que con un mayor número de festejos; pero eso no lo decían. Nos hablaban de las puertas grandes, algo que no es mérito del señor Casas, don Simón, pero no de la forma en que se produjeron. También nos tiraban a la cara los muchos toros que embistieron a la muleta, de lo que tampoco se puede aprovechar el señor Casas, don Simón, más si nos paramos a ver cuántos de esos toros soportaron medio puyazo, por dar un dato, ni del bajón en la presentación del ganado no solo durante la feria, sino desde que comenzó la temporada. Todo era idílico, ¿a ver qué espectáculo reúne a tantos miles de personas durante tantos días? Decían los pancistas de la tele, como si nunca hubiera ocurrido lo que no hace tanto era norma, la sucesión de llenos que empezaban con la primera y se cerraban con la última, eso sí, con un ligerísimo descenso en la asistencia en los días de novilladas. Pero todo era felicidad, gloria, jolgorio y alegría, aunque yo me hacía una pregunta: ¿estará realmente satisfecho el señor Casas, don Simón? Pues parece que no demasiado.

La verdad es que el señor Casas, don Simón, comenzó con un ritmo difícil de mantener, porque no se puede soportar por mucho tiempo eso de maquillar la asistencia a base de regalar entradas. Circunstancia que igual también rondaba la cabeza de los señores de Plaza 1 y que quizá provocó cierta inquietud entre el señor Casas, don Simón, y su socio, Nautalia, lo que se vio reflejado en la desaparición del callejón del caballero francés a las primeras de cambio durante la feria. Bastaron cuatro protestas y dos toros devueltos, para que alguno decidiera esconder la testa. ¡Ay que ver! Ni un corte de mangas que nos ha dedicado a la afición de Madrid. Todo lo bueno se lo guarda para sus paisanos. Y cuando ya todo parecía discurrir por las calmadas aguas de la temporada madrileña, los festejos con menos de un cuarto de plaza con torerillos baratos y ganado más barato aún, ¡zas, cataplum, chimpún! Que se corta la temporada de Madrid, que hay que hacer obras en la plaza para garantizar la seguridad de los asistentes y que ya si acaso, pero que aún no se sabe, igual para el próximo San Isidro se volvía a abrir el portón de los sustos en Las Ventas. ¡Caramba! Eso sí que es arte y del bueno, del que te estremece y hace que no te llegue la camisa al cuerpo, que a más de uno se le encogió la pajarilla y aún no se le han destensado las cervicales. Pero, ¿qué broma es esta? ¿Qué broma de mal gusto, de pésimo gusto es esta? ¿A qué estamos jugando? Resulta que antes de la temporada nadie se había enterado de que había que hacer obras, que se liaron a poner cámaras y a tirar cableado y no hubo cristiano que pensara en que había que echar mano de Manolo y Benito para meterse en reformas y si llegaba el caso, darle una manita de gotelé a la “primera plaza del mundo”. Pero según parece, solo según parece, ha bastado que el ayuntamiento de la capital negara la correspondiente licencia para lo de las motos, para que al señor Casas, don Simón, se le encendiera la luz de emergencia. ¿Allí no se podían dar espectáculos no taurinos? Pues de los otros, los supuestamente taurinos, tampoco. Y punto, se corta la temporada y el domingo 25 con la corrida de Martín Lorca se echa el cerrojo y a otra cosa. Un hecho que solo tuvo lugar durante la Guerra Civil, sin precedentes en tiempos de paz, pero que al señor Casas, don Simón, le debe importar un bledo. Lo que me gustaría saber es si tal anuncio contó con la anuencia de la propietaria de la plaza, la Comunidad de Madrid, o si se ha lanzado a la piscina por su cuenta, en cuyo caso, la señora Cifuentes y su equipo, aparentemente siempre tan preocupada por los toros, deberían actuar de inmediato y aclarar todo este embrollo. Si bien es verdad que el consejero portavoz del gobierno regional, don Ángel Garrido, ha salido a desmentir tal suspensión, se deberían dar detalladamente los motivos y sucesión de los acontecimientos que propiciaron tal anuncio. 

Lo que está claro es que si alguno aún dudaba de la condición del señor Casas, don Simón, igual con esto se le han abierto los ojos, a no ser que esa ceguera parcial sea propiciada por el grosor de sus buenos fajos de billetes. Me gustaría oír a la señora Cifuentes que en caso de incumplimiento del pliego de contratación se aplicarán las medidas administrativas pertinentes, me gustaría también saber si se mantendrá el rigor necesario a la hora de aprobarse los carteles, para lo que resta de temporada, para la siguiente y para las ferias de Otoño y de San Isidro. Son muchos aspectos que ahora parecen cogidos con alfileres. Así como recordarle al señor Casas, don Simón, y a su socio de Nautalia, que firmaron un contrato con una administración pública y que su incumplimiento no sale gratis. Ahora solo queda esperar que la Comunidad de Madrid sea capaz de llevar a cabo las obras necesarias y dar satisfacción a las demandas del Ayuntamiento de la capital, al que hay que agradecer ese innegable desvelo por la seguridad de los ciudadanos que acudimos a la plaza de las Ventas, siempre y cuando vayamos a las motos, a un concierto, al circo o a la Copa Davis, porque si vamos a los toros, ya se nos puede caer encima el palo de la bandera. Aunque tampoco hay por qué alarmarse, pues no me cabe la menor duda de que ya sea en el caso de que pudiera peligrar nuestra seguridad, ya sea porque de repente nos hurtan la temporada de toros a la afición madrileña, seguro que aparecerá la Fundación del Toro para defendernos de cualquier entuerto o injusticia con el yelmo de Mambrino calado hasta las orejas, la adarga antigua y el galgo corredor.  Los seguidores del señor Casas, don Simón, ya fuera desde los micrófonos de la tele, desde los medios de comunicación oficiales, desde la propia administración o desde la barra de la tasca del Pedernales nos pedían paciencia, pero, y ahora, ¿qué nos piden? ¿Cabestrear?

P.D.: Y servidor que pensaba tomarse un descanso...

sábado, 17 de junio de 2017

Iván Fandiño, D. E. P.


Iván Fandiño, D. E. P.

Poco sentido tiene ponerse a hablar de corridas de ningún tipo, todo pasa a segundo plano, hoy ha muerto un torero, Iván Fandiño, que descanse en paz. Perdonen que no cumpla con mi compromiso de contar lo que he visto en una calurosa tarde en Madrid. Volvía a casa cruzando mensajes comentando el festejo, charlas telefónicas, cuando de repente se ha colado la fatal noticia. Un tremendo golpe, muy fuerte y que de momento no se puede asumir, aunque la realidad sea la que es. Aparecerán ahora por un lado esos mensajes tan inoportunos, como parece que inevitables; los que también buscarán responsables dónde no los hay. Allá cada uno con la tarea que quiera iniciar, otros simplemente nos quedamos dando vueltas a algo tan tremendo, rumiando la pena y queriendo recordar lo bueno del torero y del hombre. 

Ruego me disculpen, ruego me perdonen, pero no puedo decir más, no encuentro más, ni tampoco tengo fuerzas para buscarlo, simplemente el deseo de que Iván Fandiño, el matador de toros, el hombre, descanse en paz, la paz que los suyos han visto desgajada, ese consuelo que en ningún sitio encontrarán y el sentir que les han abierto en canal para arrancarles el corazón. A ellos todo el cariño del mundo, que desafortunadamente les sabrá a muy poco. Iván Fandiño, D. E. P.

Gol en las Gaunas



Cuándo la Beneficencia era la Beneficencia

Hay veces que uno no sabe si está en una plaza de toros, en un campo de fútbol, en una sesión del parlamento filipino o en la lonja del pescado de Teruel, después de que los barcos pesqueros hayan llegado a puerto y expuesto el género tras un día en la mar. ¿Qué en Teruel no hay ni mar, ni puerto? Si ya les digo que a veces uno se pierde. Uno va a los toros con la idea de ver una corrida de toros, ¡qué coincidencia! Y viendo como celebran el que uno de los actuantes, como si hubiera marcado su equipo el gol del campeonato, poniéndoles caras a una parte del público, cortes de manga y hasta gestos amenazantes de rebanar el pescuezo, lo que, cómo en un campo de fútbol, sirvió para que el “amenazante” tuviera que abandonar su localidad acompañando a las fuerzas del orden. Quizá faltaban las bufandas y las banderas, aunque con los pañuelos blancos algunos ya se daban por satisfechos. Si ya lo intuía un despistado cuándo tras sonar el himno en honor del rey, que presidía la corrida extraordinaria de Beneficencia, preguntaba si no tocaban también el del equipo contrario. 

Ya digo, Corrida Extraordinaria de Beneficencia, la más importante del año, porque siguiendo la costumbre, los actuantes son los triunfadores de la reciente feria de San Isidro y hasta llegan a anunciarse sin cobrar un duro, donando sus beneficios a… Perdón, perdón, me he vuelto a despistar. ¡Vaya día! Que no me centro. Pues eso, la Beneficencia, que ya no es de Beneficencia, con tres matadores que no son los triunfadores de nada, aunque en su día pasearan algún despojo, El Juli, José María Manzanares y Alejandro Talavante, con ganado elegido y muy elegido, de don Victoriano del Río y el tercero de Toros de Cortés. Más un sobrero, el que hizo segundo, de Domingo Hernández. No quiero pensar el mal rato que habrán pasado los taurinos con algunos de los ejemplares, productos les llaman sus criadores, que saltaron al ruedo, pasados de kilos más de uno y de dos. Eso sí, en la segunda mitad ya se calmarían al ver salir esas raspas con cierto aire anovillado. Toros modernos, por supuesto, que para resumir, ya adelanto que no se les picó, excepto al sobrero de Domingo Hernández, que presentó cierta pelea, poniendo en apuros A Chocolate, que se agarró bien al toro y mucho mejor al palo, porque ya se veía midiendo el suelo con los lomos. 

El Juli recogió a su primero por abajo, con muletazos con la diestra, para seguir con todo el pico que puedan imaginar y tres palmos más, retorcido, despegadísimo, enlazando tanda tras tanda, recolocándose, ahora te pego uno por aquí, otro más, para cerrar con esa forma tan “particular” de sacrificar a los animales, echando a correr en rededor del toro, bordeando el Amazonas y cuándo ya ha ganado la orilla, a la altura de las orejas, ¡zasca! Sablazo. Ya ven, suerte suprema, sí, supremas de pollo con salsa barbacoa. Quizá vio en el escurridito cuarto a algo más acorde a lo que está acostumbrado a enfrentarse por esas plazas del mundo y corriendo buscó en sus archivos que tipo de repertorio le va mejor a semejante criatura y ni corto, ni perezoso, le endilgó una lidia y una faena digna de una talanquera de charol. En el primer tercio, cuando el caballo deambulaba por allí para no hacer nada, hizo un quite con capotazos del revés y muy desmadejaos, de esos que despiertan al respetable. Esos oleses sentidos le hicieron ver la luz. Derechazos, cambio de mano por detrás, enganchones y la parroquia entregadita, para continuar incluso con más pico que en su primero, como palmo y tres dedos más. Trapazos, por aquí, ahora con la zurda, más trapazos, metido entre los pitones, venga a recomponer con carreritas lo que no mandaba con la muleta, el toro para afuera, trapazos largando tela hasta el infinito, sin rematar jamás atrás, el toro muy parado ya muy despacito y El Juli gustándose con trapazos lentos, pero sin torear, aunque vaya usted y explíquele eso a los que veían que marcaban el gol del campeonato, que cómo sería la cosa, que hasta se enrabietó el maestro. Una entera trasera y caída y ahí llegaron los enfrentamientos, esos de los que los señores de la tele están tan orgullosos y echan tanto de menos. Pero, ¿qué quieren? ¿Qué nos matemos? ¿Qué es eso de incitar a que los que aplauden se enfrenten y le planten cara a los que protestan? ¿Qué sin sentido es ese? ¿Para salvarle el negocio al señor empresario, a ellos, a los criadores de productos, a los pegapases y a toda esa peste del taurineo? La lástima es que hoy la policía ha pedido que les acompañara a un caballero quizá cargado de alguna copa de más, que solo iba a pasar una tarde en los toros y que quizá contagiado por ese fervor populachero, se ha estropeado la tarde, mientras estos incitadores a vaya usted a saber qué, volverán mañana y pasado y al otro y cobrarán una tela por servir a los taurinos y por vejar la fiesta de los toros. Pues eso, lo dicho, una orejita para El Juli, que afortunadamente no montó la zapatiesta de Toledo, porque el usía no le concediera el segundo despojo.

José María Manzanares se las vio con ese sobrero que no se aguantaba en pie de salida, al que los lidiadores le echaban los capotes al cielo para evitar que se cayera. Pero inesperadamente en el caballo pareció revivir, peleando en el peto y por momentos con fijeza, arrancándose al peto con las ganas del que quiere echarlo abajo. El de aúpa picando, según los embates del de Don Domingo, con firmeza, sin barrenar y aguantando bien. Si es que lo que debería ser la norma, ahora nos parece casi extraordinario. Ya en el último tercio, Manzanares empezó a componer, que se le da, que lo monda, pero es que… compone tan lejos, que casi no se le oye. Abuso desesperante del pico, sin bajar la mano, escondiendo descaradísimamente la pierna de salida, carreritas y más carreritas, que dirán que uno se pone pesado con el tema, pero es que creo que es un sigo inequívoco, uno más, de que allí falla algo, que no hay toreo, que no existe el mando, el dominio. Al final el toro acabó en toriles, ¡qué cosas! Al quinto, más de lo mismo; parecía que aquello podía tomar vuelo con un galleo andando para llevar el toro al caballo, pero en esto que el animal se empezó a caer y ya nada podía tener sentido, a pesar de que el matador insistía e insistía, dejando que pasara el tiempo, sin más.

El tercero en cuestión era Alejandro Talavante, ese torero que unas veces parece que… y otras que tampoco. Un maestro al que le cuesta no solo fijar al toro, ni llevarlo al caballo, es que como les ocurre a muchos, le cuesta un mundo deshacerse del toro con un remate. Telonazos y naturales enganchados para comenzar, se dejaba puntear demasiado la tela, el toro hasta parecía arrancarse con brío, más pico y más enganchones a un toro que se quería ir constantemente a su querencia en tablas, hasta casi acularse para plantear su defensa. Poco se le podía hacer al inválido que cerraba plaza, que se caía a cada muletazo, a pesar de lo cuál el matador insistía en prolongar innecesariamente la faena y desesperando al personal, que ya llevaba un buen rato aguantando el calor de la tarde, tarde que no se sabe por qué motivos, empezó con un considerable retraso, quizá porque nadie pensó en retirar antes la lona decorativa instalada en el ruedo, quizá porque nadie cayó en que había que regar lo cubierto y pintar las rayas, quizá porque pocos cayeron en la cuenta de que aquello era una corrida de toros, lo más puntual que existe en España, que viendo esas celebraciones de los trofeos hasta se podía pensar que estábamos jugándonos el título y que dependíamos del resultado en otro campo, desatándose el jolgorio y la celebración cuándo al sacar el usía el pañuelo blanco para El Julio se oía una voz que gritaba Gol en las Gaunas.

lunes, 12 de junio de 2017

Tanta historia arrastrándose por la arena


¿Será Miura un fósil más de la tauromaquia clásica?

Decir Miura es decir toro, así es y así ha sido durante muchos años, quizá no esos 175 que carga sobre si el hierro de los de la gaita, pero tampoco mucho menos. Una historia, un prestigio que ha traspasado los límites del toreo, las fronteras por tierra, por mar y hasta las de la lengua, porque Miura no es solo una ganadería, ni tan siquiera es solo el toro, ha llegado más allá y hasta encierra en esas cinco letras un carácter, una forma de ser y un comportamiento propio de las personas. Miura ha proyectado sus valores sobre mucho más que simplemente una ganadería y cuesta mucho ver como unos toros que llevan la gaita a fuego sobre su piel, no parecen de esa casa. Cuesta mucho el verlos y pensar que ellos pueden haber sucumbido a la peste taurina, la peste de la Tauromaquia 2.0. Cuesta mucho ver como un encierro de Miura, que cerraba la feria de Madrid de 2017, se arrastraba por la arena.

Volvía Rafaelillo con otra “facilona”, que no se puede negar ni las carencias, ni el toro con el que tiene que tragar tarde tras tarde, si quiere torear. Su primero ya renqueaba de salida, lo que no impidió que el matador intentara alargar el viaje del animal, algo que últimamente parece que se ha convertido en costumbre. No hubo forma de picar al toro, pues el más mínimo intento de administrarle algún castigo podía dar con el animal en el suelo. Al inicio de la faena de muleta le siguió una tanda en la que se pudo ver hasta un derechazo aseado y templado, pero la continuación fue el toreo desde fuera, con el pico y el brazo excesivamente alargado, especialmente en los remates. El de Miura no hizo ni un mal gesto, pero la poca fuerza hizo que se fuera parando y a pesar de la insistencia del matador, allí poco o nada quedaba. El cuarto salió haciendo cosas muy raras, que si reparado de la vista, que no, que si una mano, pero en fin, lo recibió Rafaelillo muy arrebatado, de rodillas, mantazos sulfurados, retirándole el capote con violencia de la cara al toro. Quizá al final, dónde mejor se encuentra el espada es en esos terrenos de la épica, aunque sea forzada. Mal colocado el animal en el caballo, fue una sucesión de idas y venidas, para al final no ser picado. Al primer muletazo se vino al suelo, para proseguir con más de lo de siempre, muletazos alborotados y sin parar quieto un momento. En ese alborozamiento, el murciano salió trompicado, con el resultado de salir calado. Sin la chaquetilla y en esos espacios del drama que tan bien trabaja Rafaelillo, se limitó a estar y a dejarle la muleta en la cara al toro, sin tan siquiera amagar con citar y correrle la mano, provocando los lógicos derrotes del de Miura. Un macheteo que el toro no precisaba, quizá pretendiendo hacer creer que aquello era una alimaña tobillera, pero nada más lejos. Y como decían por allí, quizá volvamos a ver a este torero en otoño y seguro que si es así, con lo que nadie quiera ni ver.

Excepcionalmente y para homenajear al hierro de la familia, reaparecía Dávila Miura, quien por esas casualidades y el capricho de unos inválidos, no pudo matar ninguno de la casa y se tuvo que enfrentar a un primero de Buanavista y a otro de El Ventorrillo. Salió parado y olisqueando el primer sobrero, buscando la salida y ya perdiendo las manos, lo que sucedió en el caballo, dónde sí que se le castigo, sin que el Buenavista hiciera otra cosa que dejarse. Siguiendo los mandamientos de la ley de la modernidad, el animalito, con más presencia que todos los de Miura juntos, hasta siguió la muleta, para que Dávila Miura no le ofreciera otra cosa que un toreo lejano, demasiado apartado, metiendo pico y sacando culo, alargando el brazo, sin bajar la mano, para acabar de pinchazo y bajonazo. En el otro sobrero, el de El Ventorrillo, que ya renqueaba de salida, ni se molestó en llevarlo al caballo. Se agarró bien el picador en la primera vara, quisieron darle más distancia en la segunda, pero no pudo ser y lo que fue un puyazo trasero, desde cerca, en el que le dieron a gusto. Comienzo del trasteo por abajo, a una mano, pero seguía con el brazo largo, largísimo, con el pico, conduciendo por afuera al toro, mucho muletazo, sin que el toro se enterara de que allí alguien pretendiera torearle. Sería que nadie le estaba toreando. 

Quizá costaba entender la presencia de Rubén Pinar en esta feria y en este cartel, pero al finalizar la corrida, tampoco se entendía la presencia de este ganado con tan poco dentro. A su primera raspita miureña la recibió con capotazos a ritmo de yenca, izquierda, derecha adelante, atrás, un dos tres. Se revolvía el animal debajo del peto, sin poderle picar y a la salida del caballo se vio ese lamentable espectáculo de los capotes al cielo, para ver si aquello se aguantaba. Con la muleta el animalito no aguantaba los intentos de muletazos al sesgo, con el pico, sin pararse quieto y dando la sensación de no saber por dónde meterle mano. El sexto ya de salida hacía méritos para irse para adentro y como toda la corrida, discurrió su lidia entre ver si iba aguantando, para no devolverlo. Evidencias de invalidez, pero todo dependía de si perdía las manos una vez más o menos. En el caballo empujaba con fijeza, lo que las fuerzas le permitieran empujar, sin que se le pudiera apenas apoyar el palo, pero como no se caía, aguantábamos, lo mismo que en banderillas, cambio de tercio y a ya coló, otro más. Y la faena de muleta fue un intento de nada, por parte de Rubén Pinar, que quedó precisamente en eso, en más nada. Así concluía una feria más, según unos, la mejor de la historia, según otros, un fiasco más, como se decía antes, de crítica y público. Con menos público que nunca, con la exigencia bajo mínimos, lo mismo que con el trapío de los toros y un ambiente creado artificialmente para provocar el desvarío, que un desvarío fue, pero no como imaginaba el señor Casas y si queda alguna duda, detengámonos con la última y reflexionemos sobre qué sentimos al contemplar tanta historia arrastrándose por la arena.

Enlace programa Tendido de Sol del 11 de junio de 2017:

sábado, 10 de junio de 2017

No es bueno mezclar, sienta mal


Hay cosas que no se pueden ocultar ni con una gran polvareda

Anda que no habré escuchado veces eso de que mezclar no es bueno, que mezclar no es bueno, que… Pues don Adolfo Martín parece que no le quiere hacer caso a la sabiduría popular y se empeñó en mezclar la casta con lo comercial, para ver si el sabor tomaba un poco de dulzor y así vender más combinados, pero que será por la Coca Cola, por los hielos o por la selección, que el resultado es anodino, sin gracia y después de toda una feria, después de un mes yendo a la plaza, la gente ya no está para un toro que parece toro, que no se mueve como un toro, que no sabe a toro y que no recuerda a un toro, si acaso al calimocho de mezclar vacas suizas con un morucho desbravado. ¡Hay que ver! Con la fe que mucho aficionado tiene a este hierro y se encuentra con un encierro descastado con tintes de buey para carne.

Con este material, la verdad es que poco se puede decir de los matadores, Antonio Ferrera, Juan Bautista y Manuel Escribano, porque a cualquier crítica pueden contestar con un argumento irrefutable: es que yo venía a matar una corrida de toro. ¿Y qué les dices a eso? Pues que es verdad. De poco sirve contar que Ferrera intentara alargar el viaje por abajo a su primero, en los lances iniciales de capote. No demasiada pelea en el caballo, dónde hasta mostró cierta fijeza. Luego vinieron las banderillas de Ferrera y Escribano; un número que ya no entusiasma demasiado. Ya en la muleta, a lo más que se llegaba era a muletazos de uno en uno, no pudiendo evitar que antes de la salida ya levantara la gaita como buscando la noria. Lo que sí es de agradecer es que Ferrera no se pusiera exagerado en las poses, aunque para pegar un espadazo trasero, para eso es tirarse recto o no, poco tiene que ver el mueble que tenga delante. Al cuarto costaba darle un capotazo, él andaba pendiente de ver por dónde quedaba la salida. En el primer puyazo el animal echó la cara arriba y mandó por los suelos al pica, que se encontraba sin casi ningún auxilio de un capote. Una segunda vara desde más lejos, y el pica, que se agarró bien, no pudo contener ese impulso de zurrar al que te tira. Con el toro muy cerrado, costaba saber por dónde meterle mano a aquello, que se marchó tranquilamente a toriles. Se iba del engaño a cada muletazo y Ferrera al menos consiguió una tanda. Todo el tiempo muy aquerenciado en tablas, lo que dificultaba cualquier intento de sacarle algo, además de esos ademanes de mulo. Quizá el extremeño pecó de alargar demasiado su labor, lo que pudo costarle un disgusto, pues a punto estuvo de sonarle el tercer aviso y, francamente, que te echen un animal de estos al corral habría sido para darse de cabezazos.

Luego vino lo de Juan Bautista, que a veces no se sabe muy bien si quiere no estar a mal con su compatriota empresario de Madrid, alargando faenas innecesariamente, o que por dónde va es por el “no quieres caldo, toma tres tazas”. Que ya sería curioso que utilizara su toreo como herramienta de tortura. Su primero, a punto estuvo de derribar al caballo, al que levantó hasta el ¡ay!, porque lo siguiente sería el ¡ay, ay, ay! Pero del picador. Después de eso, ni presentó pelea, ni tampoco le castigaron. Un segundo puyazo andandito, le dieron lo suyo y no opuso la más mínima resistencia. Fue al comienzo de la faena cuándo el animalito hasta dio la impresión de que iba a ir, pero fue un espejismo que se diluyó entre el toreo con el pico y los enganchones y con un cambio de pitón que acabó con cualquier tipo de especulación, ahí la sosería de toro y torero rebosaba por los bordes. Al quinto le dejó Juan Bautista que se pegara las carreras que le parecieran bien, fue al caballo para que no le picaran, a lo que el de Adolfo respondió con un “vamos a ser amigos”. El público protestaba por una eminente falta de fuerzas, pero no se cayó ni una vez, esto llegó en el momento en que se hizo intención de bajarle un dedito la mano. Y para justificarse él, al presidente y al Sumsum Corda, se puso s hacer que daba pases, dejando que pasar y pasara el tiempo, provocando la desesperación y enfado de la concurrencia. Igual es que el galo quería hacerse con un puesto en la novillada de triunfadores de la semana próxima.

Cerraba Manuel Escribano, que se fue de primeras a recoger al suyo a portagayola. Muy suelto en los primeros compases así acudió al caballo, dónde peleó con fijeza, lo contrario de lo ocurrido en la segunda vara, dónde ahí ya dimitió de toro encastado y de todo lo que se le pudiera parecer. Más banderillas de los matadores, lo que seguía sin despertar el entusiasmo del personal. Y para el último tercio ya estaba el toro parado del todo. Toreo moderno, escondiendo la pierna de salida, lo que en un momento le pudo costar un susto, pues por ese hueco se quería colar. Muy, muy parado y con Escribano tan parado como él. El sexto hasta parecía que de salida iba a tener un poquito más de brío que sus hermanos, hasta iba lejos si le alargaban los brazos. Le costó al matador quitárselo de encima para que entrara al caballo, dónde le administraron cierto castigo y hasta se vislumbró un querer meter los riñones, pero ya saben, poco dura la alegría en casa del pobre. Faena iniciado al abrigo de las tablas, para proseguir sacándoselo fuera, pareciendo que hasta iba a humillar. Con la muleta en la zocata, Escribano largaba tela, sin llevar al toro y sin rematar, muy cerca, por ambos pitones, acabó atosigando al animal, que por otro lado tampoco tenía un cortijo en cada pitón. Por no tener, no tenía ni el pago de una letra de la finca. Y así se fue el respetable, con la sensación de haber pasado allí años y solo fueron un par de horas, pero es que cuándo los combinados no cuajan, se convierten en un brebaje imbebible y así pasó que la corrida de Adolfo Martín fue cabezona, con lo mal que se pasa después y es que no es bueno mezclar, sienta mal.